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Sobre la variedad de caballos autóctonos más rara y amenazada de Asturias

Por Denis Soria

Corría el año 218 a.C. y un osado Aníbal Barca arrojaba su ejército de cien mil hombres contra las murallas de los Alpes a lomos de asturcones, unos caballos extraños y diminutos que había mandado traer desde las lejanas tierras del norte de Hispania por la fama que tenía su trote de desafiar al vértigo.

Eran los caballos del pueblo astur, sus compañeros en el trabajo, pero también en la guerra, especialmente durante aquella conquista romana que se acabaría convirtiendo en el peor dolor de muelas del emperador Augusto a lo largo de toda una década. Es así que su silueta sagrada aparecerá representada en algunas estelas funerarias de guerreros, llevando el alma de sus dueños al galope, rumbo a la eternidad.

Los romanos continuarían admirándolos y, de hecho, gozarán de enorme popularidad en la mismísima capital del Imperio. Se sabe que Nerón llegó a poseer una burrina asturcona a la que cuidaba como su niña bonita. Incluso encontramos relatos de caballos astures ganadores en las famosísimas carreras de Alepo y Cartagena. Pero los tiempos fueron cambiando, y los asturcones “pasarán de moda” por la introducción de caballos de mayor porte, relegándolos al uso doméstico durante toda la Edad Media y Moderna. Sin embargo, desde el siglo XX la hibridación y el abandono de su cría en favor de otras razas más rentables empujarán al poni astur al borde de la extinción. Tal es así que en los años 80 apenas quedaba un puñado de ellos aferrado a las laderas del Puertu Sueve.

María del Pucho con una burra asturcona en Máñules, Tinéu (Fritz Krüger, 1927).

LA RECUPERACIÓN

La labor de los futuros miembros de la ACPRA (Asociación de Criadores de Ponis de Raza Asturcón) fue clave para salvar esta especie in extremis. Pero había un problema: la recuperación se basó en la selección de una veintena de ejemplares moros (de capa negra), popularizando la imagen del asturcón como un animal totalmente oscuro, a excepción de la blanca estrella de su frente. Ante esto, los expertos Miguel Ángel García Dory y Antón Álvarez Sevilla llamarán la atención sobre la existencia de una población de asturcones de manta castaña específica de las sierras del occidente asturiano, la cual lograrán incluir en el libro genealógico de la especie desde 2005. Actualmente queda en Asturias una población en alza de 2348 asturcones (censo de 2011), de los que cerca de 580 serían de capa castaña.

(Foto: Braniego)

(Foto: Braniego)

¿CUÁL ES SU ORIGEN?

Tradicionalmente, los burros atlánticos del norte de la península (Garrano, Gallego, Asturcón, Losino, Pottoka…) han sido agrupados bajo la etiqueta de “ponis celtas”, puesto que -hasta hace poco- se creía que habían sido traídos por pueblos indoeuropeos durante la Edad del Hierro. En este sentido, investigadores de la Universidad de León llegaron a emparentar al asturcón con el Exmoor de Cornualles.

En todo caso, no parece que los corceles asturcones sean los mismos de las pinturas de las cuevas del Paleolítico (Candamu, El Pozu’l Ramu…), ya que en éstos se aprecia un lomo acebrado, una característica propia de los caballos primitivos. Así las cosas, un estudio de caracterización genética de las razas equinas ibéricas dirigido por el SERIDA en 2005 concluyó que, si bien existe una diferenciación entre las razas atlánticas ibéricas y las del resto de la península, el linaje de todas sería común y probablemente de origen africano. Es decir, que los asturcones no habrían llegado con los celtas en la Edad del Hierro, sino mucho antes, tal vez en la Edad del Cobre o la del Bronce. Además, en el mismo quedó claro que su relación con el Exmoor no era tan grande, poniendo en duda el tan aceptado origen “celta” de los ponis del norte peninsular.

Entre el gorbizu (Foto: Braniego)

Dos greños con el pelaje de invierno (Foto: Braniego)

¿DÓNDE VERLOS?

Hasta los años 70 aún quedaban buenos corros de asturcones de manta castaña en Tinéu, pero las repoblaciones de los montes comunales con pinos por parte del ICONA condenarán a muchos propietarios a la emigración, algo fatal para la especie.

Hoy en día, el mayor corru de asturcones de manta castaña podemos encontrarlo en Busecu, en La Montaña de Ḷḷuarca: es la yeguada de Braniego, con unos 60 ejemplares. Sus propietarios, David Martín y Ana García, se dieron a conocer, ya no solo por ser unos pioneros en la recuperación de esta capa en el Occidente, sino también por ser de las pocas parejas jóvenes que apostaron por formar una familia en un territorio que las administraciones se han empeñado en abandonar a su suerte. David, que complementa la cría de caballos con el trabajo de madreñeiru, vende asturcones tanto a hípicos como a particulares asturianos y españoles tras un manejo no siempre fácil por los continuos ataques de los llobos. Incluso se han hecho con un pequeño hueco de mercado en Alemania, lugar de destino de alguno de sus greños.

Por fin, parece que el futuro pinta algo mejor para los antiguos caballos pésicos.

“Distínguese este corcel astur por la blanca estrella que adorna su frente, marca propia de los de su país. Blancas son asimismo sus veloces patas, que destaca sobre el fondo negro de su piel. Aunque de mediana estatura y estampa poco vistosa, son muy sobrios, veloces y resistentes”. Silo Itálico.

 

Asturcones en La Montaña valdesana (Foto: Braniego)

Asturcones al galope (Foto: Braniego)

Potros de asturcón con su característico pelaje (Foto: Braniego)

Dos greños o garañones (machos sin castrar) solucionando sus diferencias (Foto: Braniego)