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Sobre el significado y la reinterpretación de una fecha cargada de orgullo para los asturianos

Por Denis Soria

En artículos anteriores ya os hemos explicado cuál era el origen de la bandera asturiana. Hoy nos centraremos en los hechos que envolvieron a su elección como símbolo de los asturianos y que muchos han considerado que deberían ser conmemorados, si no como el Día de Asturias, al menos sí como el Día de la Bandera Asturiana.

El actual parlamento asturiano, la Xunta Xeneral, embellecido por salas donde las cuidadas tallas de madera del antiguo hemiciclo acompañan a una delicada colección pinturas costumbristas y cristaleras de estilo francés, se erige hoy como un imponente palacio neoclásico centenario en el centro de la capital de Asturias. Pero lo cierto es que no siempre estuvo aquí.

La sede de la Xunta Xeneral se ubicaba históricamente en la catedral, más concretamente en la llamada sala capitular. Tal vez el espacio presidido por una impresionante cúpula gótica no fuese especialmente amplio para acoger una asamblea, pero es una de las estancias más antiguas del templo, levantada a finales del siglo XIII.

¿Qué era realmente la Xunta Xeneral? Podríamos decir que era una institución oligárquica “más o menos” representativa de los conceyos, mediadora entre los intereses de Asturias y la autoridad real, pero su valor reside en que fue la única figura de autogobierno que conservamos los asturianos tras la conquista castellana de finales del siglo XIV, que nos desgajaría del reino de León como un Principado sometido a la voluntad del rey de Castilla.

En mayo de 1808 esta Xunta celebraba sus sesiones aquí, cuando el día 9 de ese mismo mes comienzan a llegar a Asturias las noticias de la represión del 2 de mayo contra el pueblo de Madrid por parte de las tropas francesas. Los asturianos, encabezados por dos mujeres -Xuaca Bobela y Marica Andayón- se amotinaron, y un inmenso gentío se dirigió a la sala capitular. Bajo presión popular, la Xunta Xeneral promulgó la creación de un ejército defensivo asturiano y declaró la guerra a Napoleón. Pero pasados unos días, el 13 de mayo la Audiencia obligó a retractarse a los diputados de la Xunta por miedo a la reacción de los franceses. Se sucedieron entonces unos días de calma tensa, hasta el 25 de mayo de 1808.

En la noche del 24 una minoría de diputados congregan a miles de campesinos, que toman la fábrica de armas de Oviedo/Uviéu y asaltan la capital. Tras tomar la Real Audiencia obligan a su presidente a convocar una sesión extraordinaria de la Xunta Xeneral en la que participan 15 miembros, entre los que destacaban Álvaro Flórez Estrada, Pedro Álvarez Celleruelo, Ramón de Llano Ponte, Manuel María Acevedo, el Conde de Torenu o García Busto.

Álvaro Flórez Estrada

Tres días más tarde, el 28 de mayo, se proclamará como Xunta Suprema, que enviará embajadores a Gran Bretaña solicitando apoyo militar y se diseñará la bandera asturiana actual bajo el lema «Asturias xamás vencida» a propuesta de Jovellanos. Tiempo después se acordaría la formación de una Junta Suprema Gubernativa de España e Indias (más conocida como «Junta Central»), conformada por dos diputados de cada provincia. A tal efecto, por Asturias serán elegidos Jovellanos y el Marqués de Camposagrado.

“La Asturias guerrera”. J.E. Casariego

Infelizmente, el general del ejército borbónico, el Marqués de la Romana llegará a Oviedo/Uviéu en 4 de abril de 1809. Este patán era conocido por los soldados como el «marqués de las Romerías», pues decía Marx; “no se entablaba nunca combate sino cuando daba la casualidad de que él estaba ausente”. Inmediatamente, ordena al coronel José O’Donell disolver la Xunta por las armas mientras se encontraba reunida, un 2 de mayo de 1809. Al poco, será sustituida por una Junta de Armamento y Observación, hecho que suscitaría una encendida defensa de la Junta por parte de Jovellanos, aludiendo a la “Constitución histórica” asturiana:

Sabemos los derechos que da al Principado su constitución; sabemos que tiene el de no obedecer y reclamar toda providencia que fuere contraria a ella, y de resistirlas hasta donde permitan su fidelidad y respeto; y no ver algún peligro en excitar esta lucha entre la autoridad soberana y los derechos de un pueblo respetable, entre la fuerza armada de la una y el amor a la libertad del otro.

El infame Marqués de la Romana

Los asturianos serán testigos de la entrada en Oviedo/Uviéu del general napoleónico Kellerman, que la saquea durante tres días. El “valiente” Marqués de La Romana huye en barco, dejando la capital a merced de los franceses. Kellerman intentará implementar una administración colaboracionista con los 300 vecinos que habían permanecido en la ciudad (frente a los 6000 con los que contaba), hasta que el 10 de junio las tropas francesas son movilizadas a otros destinos.

La Guerra Peninsular no acabará hasta 1814, y la capital asturiana sufrirá otras tres ocupaciones más. Después de todo, la bandera asturiana se convertirá en el recuerdo celeste de la epopeya de un pueblo que tomó la iniciativa como un actor protagonista, haciendo uso de sus propias instituciones de autogobierno y combatiendo con valentía -aún traicionado- a unos invasores cuyo paso quedará inmortalizado en algunas pinturas de nuestros hórreos.

Esas juntas habían ordenado un reclutamiento general sin excepciones para clases ni personas, habían impuesto tributos a los capitalistas y propietarios, habían reducido los sueldos de los funcionarios públicos, habían ordenado a las congregaciones religiosas que pusieran a su disposición los ingresos guardados en sus arcas; en una palabra, habían adoptado medidas revolucionarias. Desde la llegada del glorioso «marqués de las Romerías», Asturias y Galicia, las dos provincias que más se distinguieron por su unánime resistencia a los franceses, se ponían al margen de la guerra de la Independencia cada vez que no se veían amenazadas por un peligro inmediato de invasión. (Karl Marx, 1854)

Pintura de soldados franceses en hórreos de Amieva (Foto. Belén Menéndez Solar)