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La turbulenta historia del noble moscón que sembró el terror en la Asturias del siglo XIV

Por Denis Soria

El final de la Edad Media trajo a nuestra tierra una serie de cambios profundos; al ir desplazándose los centros de poder a León primero y al Reino de Castilla después, Asturias vive una situación de aislamiento motivada por la exclusión de la nobleza asturiana en la realidad política. Con todo ello, las crisis económicas y la decadencia de la sociedad feudal europea propiciaron una atmósfera de delincuencia generalizada. En los miles de caminos de aquella Asturias oscura y asilvestrada existían desde recaudadores ilegales que estafaban a los mercaderes exigiendo portazgos desorbitados, hasta otros que directamente asaltaban a espada y cuchillo a los viajeros quien podían perder la bolsa o el honor en el mejor de los casos, o la vida en los más.

Y es aquí donde entra nuestro Gonzalu Peláiz, que a pesar del nombre no tiene nada que ver con aquel que se sublevara en 1132 contra el rey de León en pro -parece ser- de la independenca de Asturias. Este conde, el de Cuaya, que era analfabeto a conciencia y más feo que una nevera por detrás, nació en Villanueva (Grau) a finales del siglo XIII. Ya desde joven empezaría a codiciar la villa de Grau, que intentó tomar por la fuerza en alguna ocasión. La cosa prometía. Esta pola estaba bajo realengo (es decir, bajo jurisdicción directa del rey de Castilla), así que cuando Fernando IV -con solo diez años- accede al trono en 1295, Peláiz aprovecha la minoría de edad del monarca y solicita la concesión de la villa. Los moscones, conocedores de los antecedentes del conde, dijeron que ni de Blas y enviaron una comitiva a la corte evitando sus pretensiones.

Pero como Gonzalu Peláiz no lo tomó muy bien, decidió cafiar todo lo que pudo; arrasó las tierras y aldeas del conceyu y aniquiló a todo el que entraba o salía de las murallas de la pola de Grau. Así, por más que los vecinos de la villa defendieran su hogar a toda costa, el comercio y la agricultura se paralizó totalmente poniéndolos nuna situación realmente desesperada. Ello les llevó -en 1301- a rogar auxilio al rey de Castilla, que ignora la petición, y más tarde al conceyu de Uviéu, que no se lo da por mor del conflicto entre el Obispo de San Salvador (Fernando Gonzali) y su Cabildo con los vecinos de la ciudad. Informado Cuaya, amplía sus malfetrías al alfoz de Uviéu y al valle del Nora usando como resorte la fortaleza de Priorio, conchabándose con el obispado y compartiendo con la mitra el botín de sus crímenes.

Y como si todo ello no le bastara, en la noche del 1 de marzo de 1308 lanza un ataque por sorpresa sobre Grau. Esta vez logra atravesar los muros, masacra a casi toda la población y prende fuego a la villa antes de volver a Cuaya con el producto del saqueo. Sabiendo del desentendimiento del monarca castellano con Asturias y en venganza por negarse aquél a reconocerle “sus derechos” sobre Grau, toma el castillo quirosano de Aguilar (de propiedad real) días después.

La indignación de los asturianos rebosa el vaso y algunos hombres de armas de Uviéu, más otros de los conceyos vecinos, se unen a los supervivientes de la quema de Grau y acuerdan poner sitio a la plaza donde se encontraba el conde. Pero no fue la amenaza de las milicias conceyiles lo que le hizo abandonar la torre, sino el socorro oportuno del obispado carbayón, quien -en pleno conflicto con los siervos y comerciantes de la capital- le entrega los baluartes de Priorio y Tudela junto con el Coto de Lluniego y gran cantidad de refuerzos militares.

No era el castillo de Tudela poco chollo. Aunque del solar que antaño ocupó hoy solo queden unas pocas piedras amontonadas con poca chica, era de aquella una de las fortalezas más imponentes de Asturias. Además, se situaba en una ubicación estratégica; guardando el Coto de Lluniego y a la entrada misma de la capital asturiana, donde todas las recuas de mercaderes que venían de León pagaban portazgo.

Ruinas del castillo de Tudela (Fotografía: Asturgeografic)

Los asaltos a las caravanas no se hicieron esperar, interrumpiendo el comercio de la ciudad por meses. Y como la pela és la pela, los ovetenses no se iban a quedar con las manos en los bolsillos mientras Cuaya hacía lo que le pegaba la gana. Accedieron a contratar a un mercenario para hacer frente al conde; Suer del Dado, un ayerano que tenía -junto con sus hombres- fama de ser el mejor guerrero de entre la brava nobleza asturiana. En pocos meses consiguen mantener a Peláiz a raya y reestablecer el comercio. Uviéu aprovecha el impasse para firmar -el 21 de octubre de 1309- una Carta de Hermandad con Grau. Esta alianza les permitirá organizar mejor la ayuda militar, por lo que al poco contratan a otro noble batallador; Suer Menendi de Valdés. Resulta interesante que fuera precisamente un Valdés el que pusiera las armas al servicio de los conceyos, pues Valdés era también la segunda mujer de Cuaya; Urraca Suari (viuda de Menén Suari de Valdés), que había vuelto a casarse con el polémico Don Gonzalu obligada seguramente por los problemas financieros que llevaba arrastrando.

En los seis años siguientes tiene lugar una auténtica guerra civil entre el bando laico (la causa de los conceyos) y el eclesiástico (representado por el obispado de Uviéu y el Conde de Cuaya) hasta que -por fin- la regente del recién coronado Alfonso XI, María de Molina, envía una carta al Obispo de San Salvador y su Cabildo poniéndolos a parir y exigiéndoles que retiraran el apoyo a Gonzalu Peláiz. Al mismo tiempo, mandan al Comendero Real (Rodrigu Álvariz de les Asturies, conde de Noreña) para encargarse del gobierno del país.

Llega Rodrigu a terreno de Asturias con la enseña real y pronto acuden a su lado las milicias conceyiles que plantan cara a Peláiz hasta que logran neutralizarlo en el castillo de Tudela. El sitio dura cuatro meses y se emplean para ello máquinas de guerra que el Comendero solicita a las autoridades ovetenses, desafiando el requerimiento interpuesto por el Obispo para que los fierros et cuerdas del Engenio no salieren de la capital.

Por fin, en la primavera de 1316 las tropas toman la plaza. Enterados los de Grau, y hartos ya de tantos años de calamidades, entran en las tierras de Cuaya talando y quemando todo lo que pillan. Pero como mala hierba nunca muere, Gonzalu Peláiz escapa en algún momento del asedio y se exilia en Navarra -se cree- hasta su muerte.

La “Ruta del Conde de Cuaya” recorre algunos pueblos del valle del ríu las Varas.

En los meses que siguieron a la toma de la fortaleza Rodrigu Álvariz, quien complementaría el gobierno de Asturias con la lucha contra los musulmanes de Granada, ordena confiscar las propiedades de Gonzalu y demoler el baluarte de Tudela para evitar que sirviese de punto de apoyo para futuros levantamientos contra la corona. Quién iba a pensar que vaya ser su hijo adoptado, Enrique de Trastámara (bastardo de Alfonso XI), el que prenda la mecha en Asturias dando paso a la Guerra Civil Castellana (1351-1369) y algunos años más tarde su nieto; Alfonso Enríquez el que se subleve contra su tío, Juan I de Castilla, hasta la toma de Xixón en 1395. Pero en fin, de ello hablaremos otro día.

Volviendo a nuestro conde preferido, es evidente que este personaje debió de dejar una huella bien profunda en los moscones para que, siete siglos después, su recuerdo siga todavía vivo en la tradición oral del conceyu de Grau.

Como vemos, el mito del prototipo de caballero feudal empático y preocupado por sus súbditos, a los que protegía de bárbaros y dragones, es una falacia. El medievo fue una época en la que las élitas politicas no dudaban en aprovechar su situación para satisfacer sus placeres mundanos pasando por arriba del bienestar de la gente del común. Una época en la que la desigualdad y corrupción estaban a la orden del día… Por desgracia, desde la Edad Media poco hemos cambiado en ese sentido.

Palaciu de Villanueva (Grau), lugar de nacimiento del Conde de Cuaya.