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Pocos conocen la leyenda que envuelve a la Playa de San Llorienzo y que, además, le da nombre

Por Denis Soria

El Cuélebre, el llamado “Dragón Asturiano”, es una de las criaturas más conocidas de la mitología asturiana. La mayoría de los testimonios coinciden en que se trata de un macho de culiebra que sigue creciendo durante siglos hasta alcanzar un tamaño gigantesco y desplegar alas de murciélago. Pero este ser monstruoso cubierto de escamas con una dureza mayor que la del hierro sentía atracción por el oro y los objetos brillantes, guardando sus ayalgues (tesoros) en el interior de ciertas cuevas. Así, su presencia es fácil de rastrear en multitud de lugares en Asturias y León, como La Cabeza’l Cuélebre (Llena), La Vuelta’l Cuélebre (Colunga), Valdecuélabre (Somiedu) o El Pozu’l Cuélebre (Cangues d’Onís). Incluso Victor Manuel le dedicaría una de sus canciones.

Así, el etnógrafo y dibujante Bertu Álvarez Peña recoge en su libro Mitos de Xixón la leyenda trasmitida por Manín de Selmo al folcklorista Luis Argüelles en la década de 1940. Manín, un xixonés que ya rondaba los noventa y tantos años, le contó esta vieja historia sobre el cuélebre que habitaba al final de la playa de San Llorienzo. Conocemos más relatos sobre esta criatura en el conceyu de Xixón, pero la de Manín es el único que hace referencia al arenal.

Hace muchos años, un Cuélebre que vivía en una cueva del cabo de San Llorienzo, frente a La Isla de la Fontica (llamada modernamente La Isla la Tortuga, por la forma), tenía atemorizados a los pescadores de Cimavilla. Desesperados por ver cómo la sierpe destruía continuamente sus lanchas y aparejos con los que ganaban el sustento pidieron ayuda a Gorín, un ermitaño que moraba en el Picu’l Sol. Éste se ofreció para dar muerte a la bestia, pero, a cambio, los playos debían alimentarlo lo que le quedase de vida.

Gorín escogió a Xuana, una moza de quince años, hija de madre soltera, para que lo acompañase hasta la cueva del Cuélebre. Una vez en la entrada Gorín llamó a la bestia y, cuando sintieron que se acercaba, el ermitaño quitó la faja que ceñía la cintura de la joven y se la arrojó a la cabeza del reptil nada más aparecer, quedando amansado y dócil. Acto seguido, el ermitaño penetró en el cubil del monstruo donde encontró un lloréu (laurel) de oro, el tesoro que el dragón estaba custodiando. Gorín lanzó el lloréu al mar y ordenó al Cuélebre que fuese tras él, desapareciendo para siempre bajo las embravecidas olas del acantilado.

El ermitaño pasó a vivir entonces a la cueva del Cuélebre, mientras los pescadores cumplían con el trato todas las semanas llevándole alimento. Sin embargo, si alguna vez olvidaban hacerlo, un cuervo se posaba en el lugar que hoy en día se conocemo como La Colina’l Cuervu y con sus graznidos recordaba a los playos su obligación.

La Colina’l Cuervu (Fotografía: MACHBEL)

Con el tiempo, encima de la cueva del lloréu fue edificada la capilla de San Llorienzo de Mar, bautizando también al cabo y al inmenso arenal que lo cercaba: la playa de San Llorienzo. Lo cierto es que esa capilla existió, y de hecho Jovelllanos transcribiría algunas coplas y canciones populares que hacían referencia a las ancestrales procesiones marineras entre la capilla de San Llorienzo de Tierra (cerca del Ayuntamiento) y la de San Llorienzo de Mar. Como aquella que dice:

«Vengo de San Llorienzo de la Tierra,
voi pa San Llorienzo de la mar,
enguedeyar, enguedeyar, enguedeyeme,
nunca me pudi desenguedeyar…»

Un cuélebre de cartón domina sobre las murallas de Xixón, obra de los vecinos de Cimavilla durante sus fiestas.