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Muchos asturianos piensan que el título tiene que ver con el reino de Asturias, pero la causa real es mucho más humillante
 

 

Ni Pelayo ni los reyes asturleoneses tienen que ver con el origen de un título que se remonta al siglo XIV, mientras Europa se desangraba por la Guerra de los 100 años. Asturias era entonces un territorio más del reino de León, integrado ahora en la Corona de Castilla. Y en medio de este jaleo nacerá nuestro protagonista, Alfonso Enríquez, hijo bastardo de Enrique de Trastámara, cuya crianza había sido confiada a Rodrigo Álvarez de las Asturias, uno de los nobles más poderosos de su tiempo. Su padrastro acabaría encariñándose con él, y le hará heredero del condado de Noreña, de Xixón, y de casi tres quintas partes de Asturias, junto con algunas posesiones en tierras de León.

Entretanto, había en Castilla dos hermanos enfrentados por el trono, Enrique y Pedro I (el cruel), que no paraban de buscarse las espaldas. Y no es una forma de hablar. Enrique logrará imponerse tras coser a Pedro a puñaladas (lo que en Asturias conocemos como “hacerse un Tomasín“), un suceso que vendría a abrir la puerta a Alfonso para convertirse en heredero, poniendo su espada al servicio del ejército castellano y buscando el favor de su padre con sus valerosas hazañas en Andalucía y Portugal. Pero éste tenía otros planes. Para firmar la paz con Portugal, Enrique II le prepara la boda con Isabel de Viseu.

Alfonso no podía estar más decepcionado, después de tanto esfuerzo su padre le había “recompensado” con otra bastarda, y no con la heredera legítima del trono portugués.

Torre de los Álvarez de las Asturias (Trubia, Gijón/Xixón)

Pero cuando Enrique muere, en 1379, Alfonso perderá otro tren al adelantársele su hermanastro Juan, quien echó todavía más leña al fuego prohibiendo a los nobles cobrar impuestos a la Iglesia. En 1383 Alfonso conspira contra él, pero sus planes son frustrados por el obispo de Oviedo/Uviéu, Gutierre de Toledo. Lejos de achantar, cuando se entera de los preparativos para el matrimonio entre Juan I y Beatriz, la heredera legítima del trono portugués, el conde acaba estallando. Era el acabóse.

Viendo cómo el trono se le volvía a escapar de las manos, el historiador xixonés Estanislao Rendueles describe cómo Alfonso intentó entonces crear un estado independiente de la Corona en la primavera de 1382, ofreciendo el puerto de Gijón/Xixón a ingleses y portugueses. Fracasó. Las tropas castellanas invaden Asturias por mar y tierra, y aplastan la resistencia de los castillos de Cangas y de Tinéu. Después del asedio de Gijón/Xixón Alfonso será hecho prisionero y todos sus dominios van a ser confiscados por la Corona. Nada distinto a un desahucio de los de hoy en día… De esta manera, la importancia de esta rebelión fue determinante para que Juan I crease el PRINCIPADO DE ASTURIAS en 1388, una fotocopia de la conquista inglesa de Gales que supeditaba los señoríos asturianos directamente a la autoridad real. Y no, este título no era un premio, era un mecanismo de sometimiento a los castellanos.

«(…) que la tierra de las Asturias que nós tomamos para la Corona del Regno por los yerros que el conde Alfonso nos fizo…

Juan I de Castilla

Enrique III (hijo de Juan I) y Catalina de Lancaster serán los primeros príncipes, y Asturias se convertirá en un Risk particular donde se entrenarán en las tareas nel gobierno. Parecía que la historia de nuestro conde iba a acabar aquí, pero la repentina muerte de Juan I en 1390 y la minoría de edad de Enrique III provocó un caos que Alfonso supo aprovechar a su favor, y después de 6 años preso recobró por fin su libertad y posesiones. Estaba preparado para hacer otro intento de independencia en 1395, the last, el definitivu, l’arrancadera…

Inmediatamente, los castellanos entran en Asturias por el puerto Payares con una fuerza de 2.600 hombres, y asedian la ciudad de Gijón/Xixón por segunda vez. Alfonso Enríquez marchará a Baiona para recabar apoyo militar, pero entonces, ¿quién quedaba al mando de la defensa de la villa? Nada menos que su mujer, la portuguesa Isabel, y sus partidarios, como Cortés de Parres, muy inferiores en número, pero apoyados en la morfología del peñón de Cimavilla, totalmente aislado durante la pleamar. El rigor del invierno enfrió los ánimos y ambas partes se avinieron a una tregua en la se que buscó la mediación del rey de Francia, pero la guerra se reanudaría en agosto. Durante ese tiempo los castellanos ensayarían el uso de artillería contra las murallas, en lo que sería el primer testimonio del empleo de pólvora en el norte peninsular.

Después de un mes resistiendo a la desesperada, Isabel rinde la plaza ante a falta de refuerzos. Era 6 de septiembre, una efeméride que quedará por siempre grabada a fuego en la historia de Asturias:

“Quemaronse los palacios del rey Pelayo (…) y también la Iglesia de La Virgen María, levantada sobre el faro herculino, las casas todas de la ciudad, la Iglesia de San Juan levantada sobre el templo de Apolo, la torre Augusta fue demolida y también los establecimientos de las cohortes, todo fue demolido y quemado y se arrojó sal sobre las tierras para hacerlas infértiles”…

Enrique III de Castilla

Desgraciadamente, casi todo lo que conocemos sobre esta historia corresponde a la versión de los vencedores, como la crónica de López de Ayala, que participó en persona en el asedio de Xixón. Cronistas que sembaron sus escritos de falsedades tales como que la “mala fembra” de Isabel había incendiado la ciudad antes de entrar los castellanos…
 
“Mas este chronista (…), e todos os mais escriptores Castelhanos, mostrarão-se sempre e mostrarão-se ainda hoje tão pouco affeiçoados ao Senhor D. João I, que tudo quanto elles dicem em desabono do caracter deste Illustre Principe, deve ficar, pelo menos duvidoso (…)”

Como castigo, Enrique III retirá a Xixón el privilegio de comerciar por mar, que pasaba ahora a San Vicente de la Barquera, y prohibirá a los vecinos volver a poblar Cimavilla, los cuales tuvieron que buscarse la vida en la zona de Somió durante años (y no en los chalets de hoy, precisamente). Pero hubo otras consecuencias; la caída en desgracia de las familias partidarias de los Noreña y el ascenso de las valedoras de los intereses castellanos, así como el fortalecimiento de la autoridad de Gutierre de Toledo, responsable de la castellanización de la Iglesia asturiana. Junto a todo eso, el ahora “Principado” vivirá un proceso de disgregación formal del reino de León, desvinculándolo de algunas de sus instituciones y creando otras, como la Junta General, revitalizada por los borbones tras reconocer al Principado como mayorazgo regio desde 1707, quizás para compensar la implantación de un organismo centralista como era la Real Audiencia (1717).

Y así, tras muchos ires y venires, en 1977, dos años después de la restauración de la monarquía, Felipe de Borbón recuperará el título de “príncipe de Asturias”, celebrado por muchos asturianos. Otros, en cambio, verán en el título el recuerdo humillante de la derrota de Asturias y de la destrucción de Xixón.

¿Pero qué fue el conde de Noreña? Al parecer, sería asesinado por orden del rey en 1406. Su familia, refugiada en Portugal, fundará el poderoso linaje de los Noronha (Noreña), cuyo recuerdo más tangible bien pudiera ser el visitadísimo palacio de los duques de Bragança, en Guimarães, levantado por D. Alfonso y Constança de Noronha, hija de Isabel y Alfonso Enríquez.

 

Palacio de los Duques de Bragança, Guimarães (Fotografía: VisitPortugal)